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Ishtar/Astarté y Baal. Gran diosa, pareja divina

Astarté/Anat es con Ashera la diosa más importante de la tradición israelita y una de las figuras más significativas de la mitología semita, que ha tenido un gran influjo en la religiosidad de todo el oriente (está vinculada con Ishtar/Attargatis e incluso en Afrodita). En algunos momentos, Astarté puede identificarse con Ashera y así aparece relacionada con Baal, en la ordalía del Carmelo (donde se habla de profetas de Baal y Ashera: cf. 1 Rey 1. Pero, en principio, Ashera y Astarté son diferentes.

Ashera es la Gran Madre y su pareja es Ilu/Elohim/Allah (el Dios primigenio y engendrador).

Astarté es, en cambio, la “Diosa activa” (fundadora del orden social) y por eso suele estar asociada con Baal, como indicaré en tres momentos. (a) Entorno semita, Ishtar, la gran diosa semita. (b) Trasfondo palestino, Anat. (c) Presencia bíblica: Astarté.

Ishtar/Anat es una diosa del Adviento para judíos y c ristrianos. Ella no es signo total de Dios, pero nos indica un camino que podemos seguir…, un camino de integración cósmica y de sábiduría (imagen inferior), un amino de comporomiso y de lucha a favor de la vida (que es Balo), tal como aparece en la imagen superior. La llegada del Dios bíblico está precedida por la imagen de la diosa que vence a los poderes del caos y que ofrece la saiduría superior a sus devotos.

1. Entorno semita: Isthar[1].

Es la diosa central del panteón de Mesopotamia, la expresión más alta de la divinidad en el oriente antiguo, uno de los símbolos femeninos más importantes de la historia de las religiones. Ella aparece en varios pueblos del antiguo oriente, en diversas formas, especialmente en Babilonia donde se distingue como signo de armonía femenina en la que todos (hombres y mujeres) pueden integrarse. De esa forma actúa a modo de contrapeso de Marduk, Señor violento y guerrero, que tiende a dominar sobre dioses y hombres, imponiendo su supremacía por la guerra.

Ishtar (Ashtarté) es femenina, pero tiende a presentarse como diosa total y así aparece con funciones y poderes más extensos que los vinculados a los dioses masculinos. Ella conserva todavía rasgos de gran madre y recuerda, al mismo tiempo, el lado acogedor y creativo de la vida. Es signo de luz, pero también la vemos vinculada a los rasgos más oscuros de la noche.

(1) Es Venus, lucero matutino, amor como principio de la vida, la fuerza creadora que penetra y lo produce todo.

(2) Es Marte, estrella vespertina que se esconde en las regiones inferiores, como principio de muerte que amenaza, para convertirse nuevamente, cada día, en amor que vuelve.

Ella es, en fin, el signo del orden de la tierra, apareciendo como garantía de un amor que lo vincula y lo sostiene todo[2]. Así aparece vinculada al cielo y al infierno, al nacimiento y a la destrucción, a la maternidad y al crecimiento de los seres, como indica su himno:

Alabada sea Ishtar, la más temible de las diosas.
Reverénciese a la reina de las mujeres…
henchida de vitalidad, encanto y voluptuosidad…
De labios es dulce, hay vida en su boca…
Es gloriosa; hay velos echados sobre su cabeza.
Su cuerpo es bello, sus ojos brillantes.
Es la diosa: ¡en ella hay consejo!
El hado de todo tiene ella en su mano.
A su mirada se crea la alegría.
Es poder, magnificencia, deidad protectora y espíritu guardián…
Fuertes, exaltados, espléndidos son sus decretos.
Se la busca entre los dioses: extraordinaria es su categoría.
Respetada es su palabra: es suprema ente los dioses.
Ishtar entre los dioses: extraordinaria es su categoría…

(Sabiduría A. Oriente, Barcelona 1967. 274-274)

Es la diosa total, que simboliza, sostiene y desvela los tres aspectos fundamentales de vida-amor, orden social y muerte, que aparecen así como expresiones de un mismo principio divino, como formas de un mismo fondo original sagrado. Frente a la lógica masculina de tipo más racionalista o unilateral (que actúa por exclusión y violencia) se eleva aquí la lógica de la totalidad femenina. El Dios patriarcalista de tipo masculino tiende a imponerse por medio de exclusiones, como Marduk, que mata a su madre (Tiamat) para reinar en su lugar, pero de forma impositiva. En contra de eso,Isthar vincula los diversos aspectos de la vida; no actúa por exclusiones e imposiciones, sino por inclusiones; en su divinidad pueden vincularse todos.

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2. Diosa cananea: Astarté/Anat y Ba’lu/Baal)[3].

Que nosotros sepamos, la religión cananea no ha desarrollado la figura de Ishtar como en Babilonia, pero en su lugar aparece Anat/Astarté, que cumple una función importante, al lado de Baal, hijo de Ilul y Ashera, un Dios poderoso que ha vencido al caos del abismo (representado por el mar) y que garantiza desde su palacio superior la estabilidad y la vida en el mundo.

Baal tiene el poder del cielo y la tormenta, es fuente de fecundidad y vida, Señor del universo. Pero su dominio se encuentra amenazado por Môtu, la muerte (pues su dominio no le sitúa fuera del espacio de la vida, sino dentro de ella); por eso, para superar la muerte y retornar de nuevo a la existencia necesita la ayuda de su pareja Anat/Astarté (su hermana/amante).

Ba’lu/Baal (¡el Señor!) es un dios paradójico: parece tener un poder aparatoso sobre el cielo y así lo muestra a través del rayo y la tormenta, fecundando la tierra; pero, al mismo tiempo, muere cada año, cayendo bajo dominio de Môtu, en los espacios inferiores de la misma tierra (como signo del ciclo de vegetación anual). Es un dios cambiante, vencedor y vencido, destructor y destruido. Por sí sólo no puede mantenerse, pero le sostiene su hermana/amante, ‘Anatu, que así aparece como principio de poder y de estabilidad sagrada.

Mientras el Dios varón varía (muere y resucita, domina y es dominado), la Diosa se mantiene firme y permanece como signo de estabilidad por encima de los cambios de la vida y de la muerte. Ambos son dioses de la realidad concreta en la que varón y mujer se unen para expandir la vida, asumiendo y superando así la muerte, en un proceso dramático, reflejado por el mito religioso.

Pero vengamos al mito. Ba’lu ha vencido al Mar, ha destruido a Lôtanu (Leviatán), la serpiente tortuosa del caos primigenio (cf. Sal 74, 14; 94, 26; Is 27, 1; Ez 29, 3-5; Job 41), pero no puede superar a Môtu, la muerte (cf. KTU 1.5.I,24-30) y así dice, cuando cae derrotado:

«Mensaje de Ba’lu, el victorioso, palabra del héroe poderoso: ¡Salve, oh divino Môtu, siervo tuyo soy para siempre!» (KTU 1.5.II, 10-11).

Ba’lu, señor de las nubes, dueño del agua, se convierte de esa forma en siervo (‘bd) de Môtu, bajando a la morada inferior de la tierra (1.5.V, 15). Pero él no ha muerto del todo porque antes de bajar al fondo de la tierra ha dejado en ella su semen de vida:

Ba’lu, el Victorioso, amó a una Novilla en la Tierra de la enfermedad, a una vaca en los campos de la Orilla de la mortandad. Yació con ella setenta y siete veces, la montó ochenta y ocho; y ella concibió y parió a un muchacho» (1.5.V, 17-21).

Éste es Ba’lu, el Dios Toro (recordemos la escena israelita del Becerro de Oro en Ex 32), que, antes de bajar al abismo, fecunda a la novilla sagrada (‘Anatu, su hermana/amante), signo de la tierra que acoge la vida de su esposo. De esa forma, a través de un ciclo de generación, se vinculan vida y muerte, en un proceso en el que la misma divinidad se encuentra inmersa en el ciclo cósmico.

Lógicamente, la muerte de Ba’lu se convierte en principio de una intensa liturgia de duelo: «¡Ha perecido Ba’lu! ¡Qué será del pueblo? ¡Está muerto el hijo de Daganu (=de Ilu)! ¿Qué será de la multitud? ¡En pos de Ba’lu hemos de bajar a la tierra!» (1.6.I, 6-. Una liturgia de ese tipo aparece en muchas religiones, que hacen al hombre capaz de vincularse al llanto de los dioses. Pues bien, en el centro de esa liturgia de muerte, que se convertirá en principio de vida, destaca la acción ‘Anatu, que se encarga de los ritos funerarios:

«(Le tomó en sus hombros), le subió a las cumbres del Safón, le lloró y le sepultó, le puso en las cavernas de los dioses de la tierra» (1.6.I,15-1. Ha muerto Ba’lu y nadie puede ocupar su trono ni reinar en su lugar. Está triste la tierra, postrados los dioses. Sólo ‘Anatu, la Doncella, se mantiene vigilante, después de haberle enterrado en la cueva de la montaña. «Un día y más días pasaron, y ‘Anatu, la Doncella, le buscó. Como el corazón de la vaca por su ternero, como el de la oveja por su cordero, así batía el corazón de ‘Anatu por Ba’lu. Agarró a Môtu por el borde del vestido, por el extremo del manto: alzó su voz y exclamó: ¡Venga, Môtu, dame a mi hermano!» (1,6.II, 4-11).

‘Anatu, tierra amante, mantiene la memoria de Ba’lu, luchando contra Motu «Un día y más pasaron, los días se hicieron meses; ‘Anatu la Doncella, le buscó…. Agarró al divino Môtu, con el cuchillo le partió; con el bieldo le bieldó, en el fuego le quemó, con piedras de molienda le trituró, en el campo lo diseminó» (1.6.II, 26-34). Ésta es una clara escena de siega y de trilla. La Virgen ‘Anatu, divina trilladora, corta y aventa, quema y tritura al mismo Môtu, que ahora aparece como la otra cara de Ba’lu, de tal forma que ambos vienen a mostrarse como signo de una misma alternancia de muerte y de vida, de invierno y verano, de nacimiento y muerte.

En este contexto, Ba’lu es signo divino de vida, pero sólo si está unido con ella, su amante/hermana ‘Anatu. Muere el varón, que es signo del agua y del trigo (es la cosecha), perece el triunfador del rayo. Sólo ella está firme y le busca de nuevo, venciendo a la muerte y trayendo a la vida a su hermano/amante. Desde ese fondo se entiende el final del gran drama, que el texto presenta como “sueño” del Dios Ilu, como anuncio de resurrección: «¡Pero está vivo Ba’lu, el Victorioso, está en su ser el Príncipe, Señor de la tierra! Los cielos lluevan aceite, los torrentes fluyan miel! Yo lo sé: está vivo Ba’lu, el Victorioso, está en su ser el Príncipe, Señor de la tierra» (1.6.III, 2-.

Ha estado seca la gleba, resecos los surcos del sembrado, abandonado el campo, turbado el mar (cf 1.6. IV-V), pero ahora que ‘Anatu ha vencido a Môtu, puede alzarse Ba’lu victorioso, conforme a la visión de Ilu. Junto a la primera pareja de dioses (Ilu/Ashera), que tenía una función básicamente engendradora, viene a desvelarse así esta nueva pareja (Ba’lu y ‘Anatu), una pareja de luchay amor que define el sentido actual del mundo[4].

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3. Astarté, una diosa en el entorno de la Biblia.

Como he indicado ya, la figura de Baal ha crecido en importancia a lo largo de los tiempos, de tal forma que en los siglos IX-VIII a. C. vino a presentarse como antagonista principal del Dios Yahvé para los hebreos, mientras El-Ilu casi desaparece de la Biblia, absorbido por Yahvé-Elohim. Pues bien, en el contexto bíblico, al lado de Ba’lu no suele encontrarse ya Astarté (Ashtartu-Anatu), como en los textos de Ugarit, sino la misma Ashera, que asume ahora los rasgos y funciones de Astarté, apareciendo así como la gran diosa femenina abarcadora. Pero Astarté no desaparece del todo, como vemos no sólo por la pervivencia del nombre en diversos toponímicos (cf. Gen 14, 15; Dt 1, 4; Jos 9, 10; 12, 4; 13, 12), sino por la forma en que la Biblia critica su culto. Ciertamente, ella es menos popular, pero tiene también su importancia en la Biblia, donde la encontramos con el nombre de Astarot o Astoret.

a. Astarté aparece en el libro de los Jueces, como causante de la caída e idolatría de los israelitas, que «dejaron a Yahvé, y adoraron a Baal y a Astarot» (Jc 2, 13). «Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Yahvé y sirvieron a los Baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos. Abandonaron a Yahvé y no lo sirvieron» (Jc 10, 6). En el primer pasaje Baal y Astarté forman una pareja, como en los textos de Ugarit. Pero en el segundo Astarté aparece como figura independiente, vinculada a los dioses de los países del entorno.

b. Está relacionada a la memoria de Samuel y su reforma religiosa: «Habló entonces Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Yahvé, quitad de entre vosotros los dioses ajenos y a Astarot, dedicad vuestro corazón a Yahvé y servidle solo a él, y él os librará de manos de los filisteos. Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron solo a Yahvé » (1 Sam 7, 3-4). Este pasaje, lo mismo que el correspondiente de 1 Sam 12, 10, habla de los baales en general (como poderes divinos de tipo masculino), mientras presenta a Astarté como diosa única. Es evidente que ella ha tenido su importancia en Israel. En ese mismo contexto de lucha contra el baalismo y el culto de Astarté se sitúa la noticia de que los filisteos, tras vencer al rey Saúl (apoyado por Samuel), «pusieron sus armas en el templo de Astarot y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sheán», en la franja filistea de Palestina (1 Sam 12, 10); es evidente que ellos consideran a Astarté como la vencedora.

c. Es diosa de los sidonios. En esa línea, y a pesar de los textos que la vinculan a Baal, figura venerada por los israelitas, Astarté aparece en la Biblia más relacionada con los cultos extranjeros y especialmente con la ciudad fenicia de Sidón: «Cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos… y siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Molok, ídolo abominable de los amonitas… y a Qamós, dios de Moab…» (cf. 1. Rey 11, 5; 5, 33). Lo mismo se dice al evocar la reforma de Josías, que profanó y destruyó los lugares de Salomón había construido en un colina, frente a Jerusalén, en honor de Astoret, «ídolo abominable de los sidonios» y de Molok y Qamós (cf. 2 Rey 3, 11).

Tenemos que decir de Astarté (Ishtar, Anat, Afrodita…) lo mismo que hemos dicho de Ashera: Ella es la figura femenina de Dios y está vinculada a la fertilidad y a la vida, al amor (fraterno/esponsal) y a la victoria sobre la muerte. Significativamente es Baal el que resucita (como lo hará Jesús), pero lo hace de algún modo por impulso de ella. Ella, mujer victoriosa, es el signo de la vida que vence a la muerte, pero sigue integrada en el círculo eterno de la naturaleza, donde todo se repite sin fin, sin que exista algo nuevo, más alto, una verdadera trascendencia, un futuro de salvación, un auténtico “adviento”. Por eso, al final de su camino, tanto el judaísmo como el cristianismo has descubierto y han dicho que Ishtar/Astarté no eran garantía ni signo final de salvación.

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Notas al pie:

[1] Himno a Ishtar en J. B. Pritchard (ed.), Sabiduría del Antiguo Oriente, Garriga, Barcelona 1966 (=SAO). Textos en F. Lara. Mitos sumerios y acadios, Nacional, Madrid 1984. Interpretación antropológica en L. Cencillo, Mito. Semántica y realidad, BAC, Madrid 1970. Cf. E. O. James, The Cult of the Mother Goddess, Barnes and Noble, New York 1959; Ch. Downing, The Goddess. Mythological images of the feminine, Crossroad, New York 1981; R. Eisler, El Cáliz y la Espada, Cuatro Vientos, Santiago 1995; M. E. Harding, I misteri della Donna, Astrolabio, Roma 1973; E. Neumann, La grande Madre, Astrolabio, Roma 1981.

[2] Ishtar es la forma babilonia de una Gran Diosa que aparece en casi todo el Cercano Oriente antiguo, especialmente en el ámbito semita. Ella es Ashtarté para los cananeos, Atargatis en los sirios, Athtar para los árabes, Ashtar para los moabitas y Artemisa de los griegos, pero su figura se ha vinculado sobre todo (en los primeros tiempos de la era cristiana) con los signos de Isis, diosa egipcia del amor, de la muerte y de la vida.

[3] Citas de los textos de Ugarit siguiendo la edición M. Dietrich (ed.), Die keilalphabetische Texte aus Ugarit. I. Transcription, Kevelaer, Neukirchen-Vluyn 1976 (=KTU). Traducción G. del Olmo, Mitos y leyendas de Canaán según la tradición de Ugarit. Textos, versión y estudio, Cristiandad, Madrid 1981. Cf. Th. H. Gaster, Thespis. Ritual, myth and drama in the Ancient Near East, Harper, New York 1961.

[4] ‘Anatu corresponde a Ishtar de Babilonia y a la ‘Astartu (Astarté) de los textos de Ugarit (y está vinculada con Afrodita de Grecia). Ella, ‘Anatu, inicia y dirige el movimiento de la vida, que conduce a la recuperación/resurrección anual de Ba’lu en las riberas de Samaku (probablemente el lago Hule, en el alto Jordán). La victoria Ba’lu depende de ella: «Entonces alzó sus ojos Ba’lu, el Victorioso, alzó sus ojos y vio a la Virgen ‘Anatu, la más graciosa entre las hermanas de Ba’lu. Ante ella se apresuró a ponerse, a sus pies se prosternó y cayó» (1, 10, II, 13-16)… La continuación del texto conservado presenta ciertas dificultades de traducción, pero es claro que ‘Anatu y Ba’lu aparecen representados de manera teriomorfa, como amantes animales. Él es toro, ella novilla; juntos representan el principio germinante de la vida, el orden de amor del universo. Ellos muestran que en el fondo de la vida cósmica late y se expresa una gran fuerza de amor. Ba’lu es el poder del rayo/tormenta; ‘Anatu es la fuerza de la tierra. Los dos se necesitan, fuertemente se aman, en tensión que da sentido (que mantiene) todo lo que existe. Son amor cósmico y siguen iluminando todavía la vida de los hombres. Pero, según la Biblia israelita, les falta identidad personal y trascendencia; no tienen existencia propia, ni pueden fundar la vida de los hombres sobre bases de justicia.

Fuente: http://blogs.21rs.es/pikaza/2009/12/05/ishtarastarte-y-baal-gran-diosa-pareja-divina/

Sobre las sacerdotisas de Ishtar-Inanna

Tradicionalmente, se ha promovido un polémico debate historiográfico sobre la existencia –o no– de la llamada prostitución sagrada en la Mesopotamia antigua, cuestión que ha llegado hasta nuestros días prácticamente con la misma virulencia que cuando se planteó originariamente, pero que presenta atisbos de una posible conclusión.

Prostitución sagrada

Las prostitutas sagradas, entendidas como una suerte de personal femenino, religioso y cultual adscrito a un templo y a la adoración de ciertas deidades mesopotámicas, cuyo ejercicio de la prostitución estaba socialmente regulado en base a su carácter sagrado -que las distinguía de las prostitutas corrientes profanas–, sigue siendo un tema vigente en la Historia del Próximo Oriente.

La existencia de prostitutas sagradas fue por primera vez formulada por el griego Heródoto (siglo V a.C.), quien en su primer libro de Historias recogía la que, en su opinión, era la costumbre más vergonzosa de los babilonios: toda mujer nativa debía mantener relaciones sexuales en el Templo de Afrodita con un desconocido al menos una vez en la vida, a cambio de una moneda que se convertía en sagrada.

Noticias similares de esta forma particular de prostitución religiosa institucionalizada en varios lugares del Próximo Oriente, aparecerán siglos después en otras fuentes, como Estrabón o el tratado De dea syria, en donde se narra cómo las mujeres de Byblos tenían que raparse la cabeza en señal de duelo ante la muerte de Adonis; aquéllas que rehusaban, debían obligatoriamente «vender su belleza» durante un día, a cambio de una moneda que ofrecerían a Afrodita, diosa griega equiparable a la Ishtar acadio-babilónica, Astarté semita-fenicia.

Algunos autores como Gernot Wilhelm (1990) otorgan cierta veracidad a estas descripciones, dada la existencia del llamado tidennutu (“esclavitud por deudas”, institución muy popular en la Mesopotamia del II milenio a.C.), entendiéndola como potencial causa de prostitución. Algunas mujeres, convertidas en morosas, podrían ser condenadas legalmente a servidumbre y obligadas a prostituirse en beneficio del templo. Pero al entregarse o consagrarse a una deidad, participarían en cierto modo de su carácter sacrosanto, transformándose en “sagradas” bajo protección divina.

Sin embargo, numerosos orientalistas dudan sobre la fiabilidad de los datos recogidos por autores grecolatinos, pues posiblemente nunca presenciaron los hechos descritos, o simplemente volcarían sus propios prejuicios sobre fenómenos imposibles de verificar en su momento. Asimismo, otros opinan que ciertas descripciones de sacerdotisas participando como prostitutas en rituales tan importantes como el del Año Nuevo, están basadas en malas interpretaciones de ciertos términos lingüísticos y realidades pretéritas.

¿Sacerdotisas prostitutas?

Varias eran las mujeres entregadas al culto supuestamente definibles como «prostitutas sagradas». De la existencia de prostitutas laicas no hay duda, como prueba la terminología: en acadio harimtu, derivado del semítico «excluir»; en sumerio kar-kid, «la que hace los muelles», equivalente a nuestra expresión «la que hace la calle»,… La literatura mesopotámica cuenta asimismo con numerosas evidencias; por ejemplo, la famosa Shamhatu (“Voluptuosa muchacha en flor”), la harimtu de la Epopeya de Gilgamesh que fornicaría con el mostruoso Enkidu.

La traducción de shamhatu como “prostituta”, cuando realmente significaba en el poema original “muchacha en flor”, se perpetuó a través de textos tardíos que lo hicieron corresponder, equivocadamente, con harimtu. Tal identificación de términos que originariamente no implicaban un mismo significado, se debe a una incomprensión posterior de realidades muy diversas.

Las sacerdotisas frecuentemente descritas como «prostitutas sagradas» son, en acadio, la naditu y la qadishtu (en sumerio lu-kur y nu-gig). Naditu (“la sin cultivar”) y lu-kur eran tipos de mujeres consagradas a una divinidad, que tenían prohibido parir hijos (como su etimología indica: “incultivada”) aunque podían casarse y adoptar niños. El esposo de una naditu debía evitar mantener con ella relaciones sexuales normales, bien tomando una concubina o bien recurriendo al anticonceptivo más eficaz conocido en Mesopotamia: el coito anal.

Una naditu disfrutaba de amplias libertades en su cultura: según el babilónico Código de Hammurabi, las nadiatu (plural de naditu) gozaban de independencia financiera, pudiendo ser propietarias de bienes materiales y esclavos, y conceder préstamos, síntomas de un status social preeminente.

Las únicas evidencias sobre las nadiatu como prostitutas vienen exclusivamente de fuentes tardías escasamente fiables, que probablemente atribuyeron relaciones de identificación entre términos que, en su sentido original, no eran sinonímicos, dando lugar a malentendidos. Según la crítica actual, los términos naditu y qadištu deben traducirse literalmente como «consagrada» o «sagrada». En esta traducción no hay razones para identificar a tales mujeres con prostitutas. Entonces, ¿por qué este empeño en considerarlas como tales?
Malentendidos intencionados

La hierós gámos (“boda sagrada”) es la única manifestación abierta de sexualidad en la religión mesopotámica: durante la festividad religiosa del Año Nuevo, el rey sumerio, representando al dios Dumuzi, escenificaba relaciones sexuales con una mujer-sacerdotisa que representaba a la diosa lunar Inanna (Ishtar), simbolizando el enlace divino que permitiría la resurrección anual de la vida y la primavera.

Se desconocen los detalles exactos del ritual hierogámico, pero probablemente su tergiversación malintencionada es la base de toda creencia en prostituciones sacralizadas. Una deconstrucción tardía permitiría releer los roles de nadiatu y qadištu como “fulanas”, pues no sería descabellado pensar que una ceremonia en donde se realizaba –o sólo se simulaba– un coito entre el rey/dios y la sacerdotisa/diosa fuera entendido a posteriori por otras culturas, como la judeocristiana, como una versión demonizada de liturgia, en una fase en que la sexualidad pasó de lo sagrado a lo profano debido a los prejuicios patriarcales de los sacerdotes de dichas culturas. Sobradamente sabido es que judíos y grecolatinos consideraban la sexualidad femenina como objeto de represión.

Aquellas culturas, con una moral distinta, y ansiosas por distinguirse radicalmente de los cultos precedentes (“paganos”, ergo demoníacos), reinterpretarían los rituales mesopotámicos bajo una óptica negativa, que rechazaba además a cualquier mujer con poder religioso, como las nadiatu, cuya independencia desafiaba al patriarcado.

Formas de denominar a las prostitutas en lenguas semíticas como la acadia, amtu, o hebrea, qedêsháh o amah, son perfectamente traducibles como “sierva”. Pues bien, en diversos textos bíblicos ambos términos son empleados igualmente para definir a las “siervas de Dios”. ¿Se atreverían los rabinos a llamar a sus más devotas heroínas bíblicas “prostitutas”? Sin duda, no. La cuestión se plantea así como resultado de una campaña de difamación contra creencias anteriores, eficazmente ejecutada por judeocristianos y grecorromano

Fuente:
http://www.suite101.net/content/prostitucion-sagrada-en-mesopotamia-a27408

Innana, abrazando la Sombra

En la mitología sumeria Inanna era la diosa del amor, de la guerra y protectora de la ciudad de Uruk. Con la llegada de los acadios Inanna se transformó en Ishtar. Su representación era un haz de juncos verticales con la parte superior curvada.

Asociada con el planeta Venus, se le identifica con la diosa griega Afrodita y con la Astarté fenicia. Entre los acadios fue conocida como Ishtar. Según la mitología sumeria era hija de Nannar (Sin en acadio, dios de la Luna) y Ningal (la Gran Dama, la luna) y hermana gemela de Utu, conocido en acadio como Shamash. Su consorte fue Dumuzi (semidiós y héroe de Uruk).

Según el mito sumerio de Enki e Inanna (en acadio Ea e Ishtar) el dios del agua Enki —una de las deidades más importantes— ocultaba los me, que eran todas aquellas formas de conducta y usos sociales necesarios para el funcionamiento del mundo. Pero Inanna, quiere llevárselos a su ciudad, Uruk. Para ello viaja por los cielos en su barca hacia el apsu, el hogar de Enki. Este, que está advertido de las intenciones de Inanna, prepara una fiesta para recibirla. Pero inanna aprovecha el convite y emborracha al dios. Cuando se repone, Enki manda a una serie de emisarios para que recuperen lo me, pero Inanni los vence y finalmente se lleva los me a la ciudad de Uruk desde donde se difunden.

En la tradición mesopotámica, otoño e invierno son épocas en las que la tierra recupera su fuerza y su pureza en contraposición con primavera y verano, épocas de florecimiento y fertilidad. En sumeria, esta época (otoño e invierno) se usa con el mismo fin religioso, recuperar la fuerza y mejorar internamente. Irkalla (tierra del no retorno) es el lugar al que van, según la tradición mesopotámica, las impurezas, los malos hábitos, las memorias que se pierden, así como el lugar al que van los muertos. La muerte, en la tradición mesopotámica, es un estado de purificación y mejora que conduce a una nueva vida.

En ese contexto cuenta la mitología sumeria que Inanna decidió bajar al inframundo para enfrentarse a su hermana y deidad opuesta, Ereshkigal. En la lucha Inanna murió, tras lo cual ningún ser en la tierra tenía deseo ninguno de aparearse: ni hombres ni animales. Ante esto, Enki crea a unas criaturas sin género que engañan a Ereshikigal consiguiendo que les entregue el cadáver de la diosa al que aplican el “agua de la vida”. Así Inanna resucita, pero tiene que encontrar un sustituto que ocupe su lugar en ultratumba. Al volver a la tierra encuentra que su esposo Dumuzi ha ocupado su puesto, por lo cual es a él a quien envía al inframundo

Como consecuencia Dumuzi reina durante el otoño y el invierno, mientras Inanna reina durante la primavera y el verano.

Tuvo 7 templos en Sumeria a los que se pueden añadir ocho más según otra variante, aunque el mayor estaba en Uruk: el templo de E-anna, dedicado a ella y a Anu.

La ciudad de Uruk, dedicada a Inanna, tenía entre sus celebraciones varias de ámbito sexual y violento. Se tienen referencias del poema babilonio de Erra, en el cual se critica duramente la actitud de un rey de Uruk, que no trata con suficiente amabilidad a las “prostitutas, cortesanas y busconas […] a los chicos alegres que cambiaron su masculinidad por feminidad” así como los portadores de ndagas, portadores de navajas, chuchilas y pedernal ya que estos con sus actos agradan al corazón de Ishtar. Parece que el hecho de que los jóvenes durmieran en sus propias camas era algo preocupante y la copulación en las calles era una práctica habitual. El papel de la prostitución no está claro, y una posible función ritual ha sido discutida.

Como otras muchas diosas cuyo nombre significa “Reina del Cielo”, tiene muchos nombres que representan algunos de sus poderes y atributos , su poder y su gloria a la cabeza del Panteón sumerio

Otros nombres de Inanna : Innin, Innini, Nin-me-sar-ra, the Lady of Myriad Offices / Reina de todo Me Ninsianna como personificación del planeta Venus, Nin.an.na, Reina del Cielo .Nu-ugiganna, Hierodula celestial, Usunzianna, Excelsa Vaca del Cielo, Inanna (Innin) Diosa. Templo en Zabalam. Protectora de Uruk (Erech). Asociada con la estrella matutina (el planeta Venus).

Era la diosa del amor y de la guerra, de la naturaleza y de la fecundidad, prolongación de la tradición de las antiguas “diosas madres” neolíticas , fue la protagonista de mitos tan arquetípicos como el del “descenso a los infiernos”.

Se la identificaba con la diosa griega Afrodita y la Astarté fenicia. En algunas tradiciones era hija de Anu y Ki (la tierra), y en otras de Sim y Ningal (la luna).

Su consorte fue Dumuzi (Semidios y heroe de Uruk).

Inanna nos llama para abrazar la sombre. Está aquí para decirte que tu viaje al Mundo Inferior es el camino hacia la totalidad para tí, en este momento. Es el momento de danzar con tu sombra, de reclamar lo que se te ha negado, de abrazar tu propia “hermana oscura” tu yo oscuro. Necesitas todos esos aspectos de tí misma para alcanzar la totalidad en tu vida. TAnto si se trata de tu talento, de tu belleza, de tu vampiro interior, tu ira o tu locura, se te pide que lleves a cabo el viaje y abraces tu lado oscuro. Si estás ya en el Mundo Inferior, la aparición de Inanna puede indicar que el momento de tu regreso está a la vuelta de la esquina. Los viajes al Mundo Inferior para abrazarte a tu lado oscuro son una ley en sí mismos. Precisan de tanto tiempo como sea necesario; no es algo que puedas anotar en tu agenda. Cuando el momento de viajar ha llegado, hay que hacer el viaje, y el viaje no terminará hasta que regreses. Consuélate con el hecho de que todo viaje al Mundo Inferior tiene un final, y que sin duda regresarás de allí.

Fuentes:
Libro: El oráculo de la Diosa, Amy Sophia Marashinsky
http://es.wikipedia.org