Huérfana de tu sombra

Y es que, cuando regresé de andar por tus Bosques, me quedé huérfana de tu sombra.

Vuelvo como un papelillo al viento a recorrer Tus lugares, y a pensarte. En estos días, muchas han sido las veces, junto al Tor, en los caminos, dónde mi alma ha volado a buscarte. Todo el mundo sabe que yo soy devota de H. pero también tengo una indescriptible conexión con tres arquetipos masculinos que en mi se funden, se abrazan y se siente. Herne, el Cazador. The Greenman. Cernunnos.

Astado que recorre los senderos más profundos de los bosques, pastor y guía de los animales salvajes. Tu nombre resuena en mi interior como un tambor, cuando me adentro en cualquiera de esos lugares que son sagrados desde el anochecer de los tiempos. Te siento tan cercano, observando tras los árboles, mientras camino.

¿Cómo no sentir la presencia del Dios en cada lugar verde? ¿Tras cada árbol que se inclina en los valles? ¿En el agua que salta entre las piedras silenciosas en la noche? Siento Tu latir en mis pies descalzos, mientras mis zapatos han perdido su sentido al llegar a tus dominios; siento Tu respiración acompasada cuando la mía se vuelve errática en los ascensos a Tus riscos; siento tu aliento insuflado de vida en el canto de los pájaros que se mueven en esa realidad que dejo atrás al cruzar tus espacios.

Te presentas en mis sueños, cuando llevo días sin dormir, y me miras con esos ojos verdes, escondidos en la maleza mientras tu risa se hace eco de las aves que trazan círculos imposibles en los cielos. No te alcanzo, no llego. Pero persistes como la presa que acecha, tras cada rincón oculto, y me miras, y yo tiemblo. Como el fuego que quema mis huesos, estás dentro de mi ser, corres por él, salvaje, removiendo a tu paso mil emociones inefables. Deslizando Tu presencia, en cada brizna de hierba que se mueve, en cada noche de niebla que se levanta. Que la A sólo arranca el Grito, de la garganta que te busca y te nombra.

He pasado tantas noches en tus campos, donde nada aterra y todo se teme, donde la vida aúlla dejando constancia de Tu existencia. He pasado tantas noches bajo las estrellas, pisando Tu manto, que cuando pasan los días, siento como si me arrancaran las raíces y vuelvo a traerte a mi mente, desde mi alma, como si tuviéramos un pacto firmado desde el día en que nacieron las estrellas. Y doy gracias por sentirte y verte tan presente en cada paso. Que mi alma te pertenece, eso Tú ya lo sabes, desde que dijiste “sea”.

Herne, Greenman, Cernunnos. Fuente poderosa y clara de toda la existencia. ¿Cómo se puede describir la sensación que ahoga y alienta a la vez? Ese pellizco en el alma, cuando tras tus huellas andamos los caminos más secretos. Ese silencio complejo, lleno de sonidos armónicos que desprenden los bosques que te llenan…

Cuando regreso, cuando vuelvo al asfalto, este me rechaza y me escupe. Torpes pasos que pronto se hacen a tus subidas y piedras, a tus líquenes en las rocas, al deslizante silbar de tus aires. Porque, siempre, invariablemente, cuando regreso de andar por tus Bosques, me quedo huérfana de tu sombra.

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